¿Royals de ayer hoy… como serían si viviesen en esta época?… Parte 30


Las poco agraciadas

Hola y bienvenidos una vez más a una nueva entrega de esta serie “Royals de ayer hoy… ¿cómo serían si viviesen en esta época?…”, hoy con una entrega especial, la primera de 2, dedicadas a un grupo de damas reales, hijas de monarcas europeos del pasado y que tuvieron en común el haber sido elegidas para ser las esposas de 3 monarcas cuyas coronas se contaban entre las más poderosas e influyentes de su tiempo, matrimonios reales concertados por toda clases de razones entre las cuales por cierto no se contaba precisamente el amor, y que sin embargo se embarcaron en esa tendencia que por siglos había regido las alianzas e intereses dinásticos de las diversas casas reales europeas: matrimonios reales por razones de estado.

Estas 3 damas comparten algunos aspectos en común, además de que todas estuvieron de una forma u otra relacionadas al reino de España, una al pertenecer a la poderosa estirpe de Los Habsburgo, cuya primera rama gobernó España por más de 140 años, desde Carlos I hasta Carlos II, y que fueron mejor conocidos como la Casa de Austria, de hecho esta dama se casaría con un sobrino biznieto de Carlos I: el Emperador Fernando III de Habsburgo; las otras 2 por ser las esposas de 2 descendientes del primer Borbón en reinar en España tras la extinción de los Habsburgo españoles: Felipe V, una como la única esposa de su primogénito y sucesor Fernando VI y la otra como la segunda mujer del sobrino nieto de Fernando VI y biznieto de Felipe V, Fernando VII. Fueron mujeres que tuvieron destinos un poco tristes pues 2 de ellas morirían muy jóvenes (una con 16 la otra con 21 años) por la misma causa: muerte tras el parto, la otra, caso contrario viviría más, pero no podría tener descendencia y acabaría falleciendo a causa de una larga enfermedad, todas tuvieron la gracia o la desgracia (según como se vea) de no haberse caracterizado por ser precisamente mujeres muy agraciadas físicamente; nos referimos pues a las reinas María Isabel de Braganza y Bárbara de Braganza, reinas consortes de España y a María Leopoldina de Austria-Tirol, emperatriz consorte del Sacro Imperio Romano Germánico.

Antes de hablares de cada una de ellas y de mostrarles la recreación de las apariencias que las 3 tendrían de vivir en este siglo permítanme primero hacerles una introducción que les podría explicar mejor el por qué decidí elegirlas para ser protagonistas del presente artículo.

¿La belleza importa?

Hay un dicho bastante conocido en mi país, y creo que también en otras latitudes, que reza: “No hay mujer FEA, sino mal arreglada” y el mismo va por aquello que con un buen trabajo de maquillaje, peluquería y una buena escogencia de vestuario (adicional) hasta la mujer menos atractiva del mundo puede lucir si se quiere fabulosa y hasta hermosa, claro que nada de lo anterior ayuda si se hablara de una persona deforme y con tal daño facial que solo una cirugía estética podría hacer algo para intentar ayudar a mejorarlo; ahora bien lo anterior deriva de un término si se quiere básico: Belleza. ¿Qué es para nosotros la Belleza?, o ¿cómo la medimos, determinados o juzgamos?, belleza para creo buena parte de la concepción humana, o al menos para el punto de vista occidental, radica en que si alguien, sea hombre o mujer, posee facciones sino perfectas (ojos grandes o bien abiertos, no demasiado juntos o separados, nariz pequeña y perfilada, estructura ósea cuasi simétrica y boca ni muy grande ni muy pequeña pero de labios carnosos) al menos armoniosas de manera que al mirarlo nos genere agrado. Cada cultura tiene sus propios cánones de belleza, desde luego que el gusto por la belleza del occidental no necesariamente tiene que ser el mismo que el del asiático o del africano y cada raza aprecia como rasgos de belleza cuestiones más específicas que generales, analizar eso sin embargo nos adentraría en el misterioso universo de la psicología humana que para lo que nos interesa en el presente no necesariamente viene al caso, así que no intentaré irme por esa tangente, en su lugar con lo anterior aludo, a según la concepción que todos tenemos, sobre cuando se considera que una persona es o no atractiva.

La importancia que hoy en día le damos al aspecto físico no es nueva, por ejemplo, si pensamos en emparejarnos con alguien la mayoría nos pintamos pájaros preñados sobre como quisiéramos fuese esa potencial pareja, verdaderos “Adonis” (en el caso de las mujeres) o de “Venus” en el caso de los hombres (la alusión a estos personajes de la mitología griega viene porque para buena parte del mundo occidental estos son considerados el epítome de lo que consideramos belleza humana). Hoy en día podemos elegir, más allá de nuestras más locas fantasías inverosímiles, como nos gustaría fuese nuestra potencial pareja, pero ello por cierto no siempre acaba como se esperaría según lo dicho anteriormente y cuando decidimos elegir no es precisamente que escojamos al más bello espécimen de nuestra especie, ya que por A o por B a veces acabamos decantándonos por TODO lo inverso a lo que fantaseábamos, muchas veces sin embargo y dependiendo del caso, acaba siendo mejor de lo que se pensó. Ahora bien, hoy en día no es que se nos presione obligatoriamente para elegir una pareja de tal o cual apariencia, de hecho si se escoge a alguien bien, pero sino se escoge a nadie, por las razones que sean pues tampoco pasa nada, es decir, hoy en día NADA ni nadie nos tiene que obligar a elegir pareja o a casarnos (en última instancia) sino no nos da la gana y queda en el gusto de cada quién si se desea en algún momento o no formar una familia, es lo bueno de ser personas comunes y corrientes en los tiempos actuales, pero ¿qué pasa cuando se pertenece a la realeza y más aún a la realeza no solo del presente sino del pasado, cuando se es un príncipe heredero?…

Desde luego que en el mundo de la realeza es mucho lo que ha cambiado a lo largo de los siglos si bien hay algo que se mantiene inamovible: si se es el “heredero” tiene la obligación de casarse, no solo por obtener una pareja de vida y consorte sino, y más importante, tener a alguien con el cual engendrar la próxima generación que se ocupará de perpetuar el linaje en el tiempo, y esto tiene especial RELEVANCIA si además se es miembro de una familia real reinante, esto lo podemos apreciar a simple vista viendo el caso de todos los herederos de las actuales monarquías reinantes europeas y/o nuevos monarcas de esas mismas monarquías reinantes que no hace tanto tiempo asumieron los tronos de sus países, TODOS sin excepción se casaron y prácticamente todos con quizás alguna que otra excepción ya cumplieron su deber primordial como herederos al casarse, es decir, darle al trono nuevos herederos que en un futuro habrán de tomar el relevo generacional. Lo que hay que destacar de las actuales monarquías europeas reinantes es que sus herederos en su momento tuvieron la plena libertad de elegir la pareja que mejor les pareciera y que NO necesariamente esta perteneciera a la realeza o la nobleza como se estilaba en el pasado y prueba de ello es que la mayoría de los actuales consortes reales no pertenecen a la realeza y mucho menos a la nobleza, pertenecen de hecho a la llamada “plebe”, algo que hasta mediados del siglo pasado básicamente se consideraba inconcebible. Pero si miramos más atrás en el tiempo nos daremos cuenta que NO había manera que un rey o monarca pudiese escapar del matrimonio y menos de no obtener un heredero de sangre para su trono, sin embargo y a diferencia del presente, en los siglos pasados los matrimonios reales se concertaban no por amor o por el gusto del heredero en cuestión sino por “razones de estado”, lo que básicamente ponía a las familias reales a buscar un ‘partido’ más que beneficioso para su hijo o hija, un matrimonio que bien sellara alianzas dinásticas y/o políticas entre países, que fungiese como una suerte de tratado de ‘paz’ entre reinos enemistados o distantes por equis causa o simplemente para mantener ‘en la familia’ a la corona. Prácticamente ningún matrimonio de rey o monarca del pasado se decidió atendiendo la voluntad, los deseos o los gustos personales del hijo (a), de hecho lo que primaba era el beneficio del reino y de la corona, TODO lo demás se tenía que supeditar a ello, le gustara o no a los potenciales conyugues, que por cierto además de no tener voz o voto en la planeación de sus eventuales casorios tenían que verse, en la hoy en día demencial situación, de ser comprometidos en matrimonio a edades MUY tempranas, en algunos casos por debajo de la primera década de vida (esto según los intereses de sus familias o del momento).

Carolina de Brunswick y Jorge IV. Reyes de Inglaterra. Un DESASTROSO matrimonio real

Tras lo anterior volvemos a la pregunta ¿qué pasa cuando se pertenece a la realeza, cuando se es un príncipe heredero y había que contraer nupcias con una pareja desconocida elegida no por ti sino por tu familia?… ¿qué pasa si esa suerte de ruleta rusa matrimonial resultaba en una pareja que para colmo no salió premiada con la gracia de ser físicamente atractiva?… ¿igual se daba el matrimonio?… Y la respuesta es un SI, pues a menos que ocurriese un cataclismo, por ejemplo que tu potencial prometida(o), o el propio heredero(a), muriese antes del matrimonio, una vez sellados los ‘pactos matrimoniales  reales’ los casorios si o si se tenían que llevar a cabo, ya si los esposos acabasen o no gustándose o simplemente tolerándose, tras conocerse, el matrimonio era ante todo un contrato que debía cumplirse sin importar incluso la letra pequeña al final del mismo. Precisamente esta política matrimonial tuvo como resultado que no pocos matrimonios reales obtuviesen consortes de inmejorable ‘pedigrí’, pero que el mismo no se traducía necesariamente en que la dama en cuestión hubiese sido bendecida con ciertos atributos deseables, como el poseer belleza física, que dependiendo del caso tomaba importancia en algunos novios o novias, así que no es de extrañar en ciertos casos que estos matrimonios acabasen no muy bien avenidos finalmente dada la animadversión que nacía entre algunas célebres parejas reales, fue el caso por ejemplo: Carolina de Brunswick y Jorge IV, reyes de Inglaterra o Pedro II y Teresa Cristina, emperadores de Brasil (mucho de lo cual luego se reflejaría en relaciones maritales tirantes o distantes).

Pedro II y Teresa Cristina, Emperadores de Brasil

No siempre la poca belleza o la falta de ella hace de una consorte real una mala esposa, mientras sea capaz de cumplir su deber, es decir, darle al esposo una preferiblemente extensa prole de hijos que suplan las necesidades dinásticas del momento entonces que ella no sea una mujer muy agraciada físicamente es lo menos relevante, seguramente se la eligió no para ser una reina de belleza sino para ser madre de reyes y príncipes, además de fungir como “peón” en el complejo tablero de alianzas dinásticas en beneficio de determinados intereses, y es que esa en última instancia era la razón de ser de la mayoría de las princesas reales casaderas europeas del pasado.

Se da, sin embargo otro caso dentro del tema de los matrimonios reales y las elegidas para ser esposas de monarcas, cuando por razones dinásticas no un príncipe sino el ya rey debe elegir esposa luego que (por lo general) la primera esposa, elegida por su familia, ha muerto antes que su real esposo y ésta, de paso, no haya dejado un heredero para el trono, en ese caso el ya viudo monarca debe buscar urgentemente una nueva esposa que cumpla el deber que la primera no pudo, en esta nueva escogencia sin embargo, tampoco interesan mucho los gustos personales del rey ya que muchas veces estos son puestos en segundo plano bien sea por la poca disponibilidad en el “mercado” de potenciales esposas o por la preponderancia de que el trono y la corona se queden “en la familia” lo que obliga al monarca a elegir entre miembros consanguíneos de su misma familia y en la cual no sea precisamente la norma que sus mujeres sean especialmente bonitas, este de hecho es en caso 2 de las 3 damas reales de las que hablaremos a continuación, en el caso de la otra consorte real si bien no estuvo relacionada consanguíneamente con su esposo provenía de una familia que nunca brilló por la belleza de sus mujeres. Ciertamente no ser bendecida con una gran belleza física puede afectar anímicamente a algunas, pero como se dijo antes en el caso de las princesas europeas del pasado, no se buscaban reinas de belleza sino mujeres que cumpliesen el deber primordial como consorte de un monarca y es ahí donde radicaba el meollo del asunto, las 3 mujeres que conoceremos a continuación nunca habrían ganado un concurso de belleza y pasarían a la historia por cualquier cosa más no gracias a su agraciada belleza física, aun así fueron inmortalizadas primero que nada por casarse con quienes lo hicieron y en el caso de 2 de ellas por dejar un legado que iba más allá de su falta de atractivo, la otra se casó y murió quizás demasiado joven y en consecuencia tuvo una vida corta que lamentablemente no trascendió mucho más allá de su brillante matrimonio.

María Leopoldina,

Cuando ser una Habsburgo es lo único que importa…

Si ha habido una familia real más sobresaliente en la historia de las monarquías europeas y que además de todo haya prevalecido hasta nuestros días, aunque ya no como familia real reinante, esa sin lugar a dudas son los Habsburgo, una dinastía real e imperial con 9 siglos de existencia y que ostentaron gran poder en Europa desde el siglo XII hasta principios del XX, desde la casa de Austria hasta sus sucesores los Habsburgo-Lorena, a esta estirpe pertenecieron monarcas célebres, desde Carlos V (I de España), pasando por Maximiliano II hasta llegar a Carlos I de Austria y IV de Hungría, él último emperador y rey de los Habsburgo. Esta otrora  poderosa familia real concentró en sí misma una increíble cantidad de poder e influencia y precisamente para mantenerlos, especialmente en lo que se conoció como la “Casa de Austria” se institucionalizó una agresiva política de estado de matrimonios consanguíneos entre sus miembros para de este modo mantener y perpetuar el poder familiar generación tras generación, al tiempo que proporcionaban miembros con los cuales emparentarse con otras casas reales y coronas, precisamente esta política de matrimonios intrafamiliares sería lo que a la larga probaría ser la perdición, especialmente en lo que fue la rama española de los Habsburgo, cuyo mayor y más lamentable resultado fue el tristemente célebre rey Carlos II de Austria, el último monarca de los Habsburgo que reinó en España.

Pero mucho antes de Carlos II y de comprenderse lo devastadora que acabaría siendo la endogamia dentro de los Austria, era moneda corriente en la familia los matrimonios entre primos-hermanos y/o tíos-sobrinos, y uno de esos matrimonios intrafamiliares fue el que unió a Fernando III de Habsburgo con su prima hermana María Leopoldina de Habsburgo-Médici también conocida como María Leopoldina de Austria-Tirol, para entonces Fernando de 40 años contaba 2 años de enviudar de su primera mujer, también prima suya, María Ana de Habsburgo. Lo curioso de Fernando III, que para entonces era ya Sacro Emperador Romano Germánico, es que su matrimonio con su prima María Leopoldina (24 años menor que él) no pareció ser motivado por la necesidad primaria de engendrar un heredero, pues María Ana ya le había dado 6 hijos, si bien de esos solo 3 sobrevivirían la infancia y el quinto de ellos habría de sucederlo como Rey y Emperador, por lo que su matrimonio con María Leopoldina al parecer fue más por la necesidad de tener una nueva esposa que por un asunto meramente dinástico; en todo caso el punto es que María Leopoldina y Fernando III eran primos al ser ella hija de Leopoldo V de Habsburgo, tío de Fernando. Si en algún momento han leído algo, así sea someramente, de los Habsburgo entonces habrán constatado que no se trató de una familia precisamente muy agraciada físicamente y esto se evidenciaba aún más en las mujeres de la familia la mayoría de las cuales no escaparon de la genética tan particular de los Austria (exacerbada desde luego por la continua endogamia familiar) con pocas excepciones la mayoría de las mujeres Habsburgo se caracterizaban por ser de tez pálida, nariz aguileña y grande que dependiendo del caso podía tener una caída tipo gancho no muy bonita y la omnipresencia en menor o mayor grado del llamado “prognatismo mandibular” muy propio de los descendientes de Felipe El Hermoso (padre de Carlos V y Fernando I, de quienes a su vez descendieron todos los Habsburgo de la Casa de Austria).

Pero más allá de eso, hablemos en concreto de María Leopoldina de Habsburgo-Médici, última de los 5 hijos que engendraran sus padres Leopoldo V de Austria, Conde de Tirol y su mujer Claudia de Médici, Leopoldo descendía de Fernando I de Habsburgo, Sacro Emperador Romano Germánico y hermano menor de Carlos I de España, por tanto Leopoldo resultó ser hermano menor de Fernando II, padre de quién sería luego el marido de su hija menor y siguiente emperador, Fernando III. Como todos los descendientes de la Casa de Austria María Leopoldina fue Archiduquesa de Austria desde su nacimiento; como se estilaba en la nobleza de su tiempo el destino de María Leopoldina sería signado por la negociación de su matrimonio desde su más tierna infancia y las alianzas y beneficios que este le podría traer a los intereses de la Casa de Austria. Inicialmente y cuando la entonces niña archiduquesa solo contaba 8 años su primo paterno Fernando III y el Rey Carlos I de Inglaterra comenzaron a negociar la posibilidad de un matrimonio entre María Leopoldina con Carlos Luis del Palatinado, sobrino materno del rey inglés, dicha unión pretendía restablecer las buenas relaciones entre las familias de los presuntos prometidos incómodas desde hacía un tiempo, más irónicamente dicho matrimonio jamás lograría cristalizarse pues en lugar de Carlos Luis eventualmente fue el propio Fernando III quién decidió tomar a la muy joven María Leopoldina ya entonces de 16 años como su nueva esposa, infortunadamente la vida de la joven emperatriz no duraría mucho más luego de sus desposorios. A los pocos meses de casarse María Leopoldina queda encita lo que produce gran regocijo en Fernando III que espera que aquel fuese el primero de muchos hijos proporcionados por su joven esposa y prima, más sin embargo el destino no lo querría así; eventualmente María Leopoldina como primeriza entra en trabajo de parto, pero este se torna complicado, largo y extenuante para la joven emperatriz, ella eventualmente daría a luz a un niño al que bautizarían como Carlos José de Habsburgo, pero por desgracia María Leopoldina no lograría recuperarse de ese complicado parto y al poco tiempo muere dejando a su recién nacido hijo huérfano de madre y nuevamente viudo a su marido Fernando III, la joven emperatriz entonces estaba pronta de cumplir tan solo 17 años, debido a su prematura muerte no es mucho lo que María Leopoldina pudo hacer en su corta vida y hoy en día es mayormente recordada por su matrimonio con Fernando III y por su título de Emperatriz consorte.

Hablando en términos de su apariencia física, María Leopoldina, evidentemente no perteneció a ese reducido grupo de mujeres Habsburgo que fue bendecida con belleza física, si bien era prácticamente una niña al momento de su matrimonio la lozanía de su juventud tampoco fue que la ayudara mucho a aminorar el hecho de que ella no era precisamente muy linda, si se compara con la primera mujer de su marido, también parte de la Casa de Austria, al lado de la cual María Leopoldina no tenía mucho que hacer, pues (en mi opinión al menos) María Ana en contraste fue una de esas pocas mujeres Habsburgo que si resultó de muy buen ver, pero ciertamente la apariencia de María Leopoldina no era absolutamente desagradable ya que pudo atraer la atención de su primo Fernando III, en cuya elección personal para casarse claramente no estaba en primer plano el asunto dinástico ante lo cual no contaba mucho si el prospecto de esposa resultaba ser o no bonita, en lo personal asumo que la única razón de la escogencia de Fernando con respecto a María Leopoldina, aparte del reforzamiento de la casa de Austria, fue una genuina atracción física en la cual claramente la belleza no era especialmente relevante a los ojos del emperador.

El retrato

No existen muchos retratos de María Leopoldina de Austria-Tirol, obviamente la corta vida de la emperatriz no dio para mucho más en ese sentido, de ella solo conseguí 2 retratos de los cuales sin lugar a duda el mejor fue el firmado por el pintor italiano Lorenzo Lippi en 1649 y el que inmortalizó a la joven emperatriz de 16 años durante su primer y único embarazo, en el mismo apreciamos a una jovencita de tez pálida, ojos grandes claros y un tanto saltones, boca pequeña de labios carnosos, facciones delicadas aunque no demasiado armoniosas y cabello castaño rojizo ensortijado, ella luce un vestido en seda rosa con detalles en encaje, lazos y perlas decorativos, el vestido de talle alto, bajo la línea del busto, evidencia el patente estado de gravidez de la joven María Leopoldina, que además luce en su cabello un tocado caprichoso a tono con su vestido, la joven emperatriz además posa junto a un pequeño perro blanco con un lazo rosa sujeto al cuello que probablemente haya sido su mascota. La técnica de Lippi, depurada y sin duda bastante ajustada a la realdad del personaje retratado evidencia en su representación de María Leopoldina de Austria de manera clara que la apariencia que tuvo esta joven evidentemente no fue precisamente la más agraciada del mundo, aun así su retrato nos muestra a una joven no especialmente bonita aunque tampoco una visión que pocos quisieran ver.

Bárbara de Braganza

No siempre en la felicidad conyugal importa no ser la más bella

Para ser honestos son relativamente pocos los matrimonios dinásticos o por razones de estado que acabaron siendo realmente felices en el sentido estricto de una felicidad conyugal efectiva, sobre ello pesaban muchos factores que signaban si esos matrimonios además de funcionar políticamente también lo harían privada y familiarmente, en ese sentido la historia deja constancia de relaciones entre ‘reales’ esposos que podría calificarse de llevaderas, lo que por cierto no necesariamente significaba que fuesen felices domésticamente, pero cuando menos se podrían declarar tolerantes entre sí o bien avenidos en el mejor de los casos; matrimonios políticos que efectivamente fueron MUY felices en las monarquías europeas y que la historia así lo haya registrado quizás se podrían contar con los dedos de una mano debido a lo relativamente raro que llegaron a ser, uno de esos excepcionales matrimonios por razones de estado que más allá de eso acabó convirtiéndose en una unión ejemplar y al decir de sus contemporáneos y la historia extremadamente feliz fue el que unió a Fernando, hijo mayor y heredero del rey Felipe V de Borbón, Rey de España y su esposa portuguesa, la Infanta Bárbara de Braganza.

Las no siempre cordiales relaciones entre España y Portugal ameritaban que de tanto en tanto la corona portuguesa y la española a través de sus respectivas casas reales negociaran uniones matrimoniales entre sus hijos para que desde un punto de vista estratégico, se diera cierta relajación en sus relaciones diplomáticas y ese de hecho fue el caso del matrimonio entre el Príncipe de Asturias, Fernando y la infanta lusa María Madalena Bárbara Xavier Leonor Teresa Antonia Josefa de Bragança, hija primogénita del rey Juan V de Portugal y mejor conocida como Bárbara de Braganza. La infancia de la futura reina se caracterizó por el enorme afecto que su padre tenía por la cultura, en especial la literatura y la música y el don Bárbara con esta última fue más que evidente, el mismo se dejó ver desde sus primeros años, ella se destacó como una aventajada intérprete de clavecín, además la princesa recibió una esmerada educación, Bárbara era capaz de hablar con fluidez seis idiomas y su exquisito dominio del protocolo, cualidades muy valoradas en el siglo XVIII, pronto la hicieron ser vista en diferentes cortes europeas como una posible candidata a contraer matrimonio con los reyes y príncipes casaderos del momento, por ejemplo se supo que la princesa fue considerada como posible esposa para rey Luis XV de Francia, entre otros pretendientes reales, sin embargo eventualmente la infanta lusa acabaría siendo ‘ganada’ por el hijo mayor de Felipe V, Fernando, Príncipe de Asturias.

Si bien el matrimonio entre Bárbara y Fernando como se estilaba en las monarquías europeas fue básicamente una unión arreglada, los príncipes, al conocerse en persona, se enamoraron de forma sincera, y este sentimiento no desapareció nunca a lo largo de los años de convivencia, más al contrario, fue acrecentándose, lo cual podríamos considerarlo quizás algo asombroso porque la verdad es que Bárbara nunca brilló por ser una dama especialmente agraciada, además de poseer desde muy joven una figura algo robusta (cosa que con los años se haría más y más evidente) la princesa facialmente tampoco era muy bonita, no ayudó que al sufrir de viruela en su adolescencia Bárbara acabara con el rostro con notables marcas permanentes dejadas por la enfermedad, a pesar de ello su falta de belleza era compensada por un buen carácter, afable, discreto y con cierto grado de ingenuidad lo cual la hizo ser apreciada por todos los que la conocían, además su forma de ser fue enaltecida por su extraordinaria educación y modales. Sin lugar a dudas otra de las razones de la cómplice unión de los Príncipes de Asturias era la poca simpatía que les profesó la segunda esposa del rey Felipe V, y madrastra de Fernando, la Reina Isabel de Farnesio, quien no cesaba en sus intentos de defender los intereses de sus hijos, en detrimento de los hijos del primer matrimonio de su marido. Fueron notables los conflictos entre Bárbara y su suegra la reina Isabel que no dudó en acusar tanto a Bárbara como a Fernando de ser promotores de complots ficticios contra el mismo Felipe V, el rey de hecho se dejó manipular por su intrigante mujer y en consecuencia aisló a su hijo y nuera alejándolos de la corte y de la vida pública, hasta el punto de someterles a reclusión en sus aposentos de Palacio. La princesa Bárbara, pese a las afrentas, a veces incluso en público, de la reina Isabel, siempre supo mantener la compostura, lo que solo denotó nuevamente su carácter afable y su educación.

Si hubo algo que efectivamente ensombreció la felicidad conyugal de Fernando y Bárbara fue la desgracia de no llegar a ser padres nunca, a pesar de los años de matrimonio Bárbara no pudo embarazarse ni una vez y tras muchos estudios eventualmente se determinó que la infertilidad del matrimonio no era culpa de la princesa, sino de hecho era de su propio esposo, esto según lo afirmado por los médicos reales que por mucho tiempo estudiaron el caso de Fernando y Bárbara y el porqué de la incapacidad de que la Princesa de Asturias para quedar encinta; como podrá inferirse tan devastador anuncio provocó gran consternación general, pero la misma contrastaba con la alegría de Isabel de Farnesio, que veía así el camino despejado hacia el trono para su hijo, el Infante Carlos, futuro rey Carlos III.

La situación de marginación de los herederos se mantuvo hasta la muerte del rey Felipe V en 1746, lo que permitió por fin que Fernando ascendiera al trono como Fernando VI y junto a él como la nueva reina consorte de España su amada esposa Bárbara. Durante el reinado de su marido, la reina Bárbara siempre se mantuvo al lado de su esposo, fungiendo como consejera y confidente de Fernando además de jugando un importante papel como mediadora en las relaciones de España con Portugal para que estas fueran siempre las mejores posibles. La Soberana participaba en la mayoría de las reuniones de los ministros, considerándola éstos una prudente política y, sobre todo, un puente de comunicación con su marido, el rey, en comparación a la siempre inescrutable Isabel de Farnesio, la reina Bárbara fue en definitiva una reina transparente y moderada. En la intimidad familiar Bárbara desde su etapa como Princesa de Asturias y luego ya como Reina de España comenzó a insuflar su gusto por la cultura y, en especial, su filarmonía o su pasión y entusiasmo por la música. Prácticamente cada noche se organizaba en la residencia de la pareja real conciertos, que hacían las delicias de los cortesanos madrileños, nada acostumbrados a la exquisitez artística que ostentaba la Reina Bárbara.

El reinado de Bárbara fue si se quiere sereno, gracias en buena medida a que tras ascender al trono los nuevos reyes de España se ocuparon de exilar a la intrigante reina viuda Isabel de la corte y ello claro está procuró paz y sosiego en Fernando y Bárbara, tan agraviados por Isabel en el pasado, si hubo alguna preocupación en la Reina Bárbara durante sus años como reina consorte fue por lo que sería de ella si su esposo muriese antes que ella, de esto suceder su futuro quedaría claramente muy comprometido, por ello, Bárbara comenzó a acumular objetos de lujo, en especial joyas y piezas de arte que la salvarían de una probable ruina si enviudara; además el drama de la infertilidad del Rey la seguía persiguiendo y al no haber podido tener descendencia comenzó a preocuparse incluso por el destino de sus restos una vez falleciera ya que al no haber dado descendencia a su marido y no ser madre de Rey no podría ser enterrada en el Panteón de los Reyes de El Escorial.

Cuando la salud de la Reina comenzó a resentirse a partir de 1748, en parte por causa de un padecimiento crónico que la había aquejado desde su niñez: un asma agudo, y en parte por un aumento de peso considerable, Bárbara comienza a pensar seriamente en la posibilidad de contar con un lugar propio donde ser inhumada a su muerte, finalmente la reina manda construir el Real Monasterio de las Salesas, obra que la soberana costeó de su propio bolsillo y donde ella dispone será su lugar de descanso final tras su muerte. El Monasterio, contaba con dos sepulcros, uno para ella y otro para su marido, se inaugura en septiembre de 1757 y como si el destino o Dios solo hubiesen esperado por la conclusión de aquella obra, ese mismo año Bárbara comienza a sentirse mal. Un cáncer de útero le provoca grandes dolores y pronto los tumores se extienden por su cuerpo. Tras una larga y penosa agonía finalmente el 27 de agosto de 1758, la reina Bárbara muere en el Palacio de Aranjuez, contaba entonces 47 años de edad. Como fue su deseo, sus restos mortales fueron enterrados en la iglesia de las Salesas Reales. La muerte de su mujer devasta al Rey Fernando que se sumió en una profunda depresión, negándose incluso a residir en palacio real, acosado por los recuerdos de su amada esposa. Fernando enloquece de amor, llamado a gritos a su esposa día y noche, completamente destruido psíquicamente por el dolor de la pérdida y físicamente diezmado, el rey viudo muere casi un año luego del deceso de Bárbara, el 10 de agosto de 1759 y cuando apenas contaba los 46 años de edad. Tras ser despedido por el pueblo de Madrid con cariño y respeto los restos mortales del rey fueron llevados a las Salesas Reales donde aún hoy en día, en la actual Iglesia de Santa Bárbara, descansan al lado de los de su esposa, la amada reina Bárbara.

El retrato

Bárbara de Braganza. Por Jean Ranc. 1729

De la Reina Bárbara se conservan varios retratos, desde su temprana juventud, pasando por su etapa como Princesa de Asturias hasta llegar a su época como reina consorte de España, de esos retratos ciertamente no todos son precisamente muy favorecedores, especialmente los de sus años de adultez donde se aprecia la obesidad que la caracterizó buena parte de su vida y que se exacerbó en sus últimos años. De los retratos conocidos de la infanta portuguesa el que en mi opinión se le aprecia de mejor forma es en el firmado por el pintor francés Jean Ranc, fechado en 1729, mismo año del matrimonio de los entonces príncipes de Asturias y donde podemos ver a una Bárbara de solo 18 años posando orgullosa y encantadora a pesar de no ser precisamente una belleza de mujer, es claro que Ranc fue bastante benevolente en su interpretación de la apariencia de la joven princesa lusa, pues en comparación a posteriores retratos, en este Bárbara luce de muy buen ver, sino hermosa entonces casi linda lo cual es mucho decir para una mujer que según las crónicas de su época no brilló por ser precisamente un portento de belleza. En el retrato Bárbara de tez blanca, nariz bulbosa, boca de labios carnosos y mirada picarona luce una enigmática sonrisita mientras mira al espectador serenamente, en su cabeza la característica peluca empolvada propia de la moda de la época y la cual también fue adornada con joyería decorativa más un adorno con cinta de seda, la dama luce un elegante traje de seda dorada propia de la moda del siglo XVIII y que fue primorosamente decorado con prominentes piezas de joyería que proyectan el ostento y la esplendidez que debería exudar una futura reina de España, Bárbara sostiene en su mano derecha unas flores de peonía y ella se reclina contra una columnata sobre la cual se ubicó un cojín de terciopelo que le sirve de apoyo al brazo izquierdo, ella aparece retratada contra un fondo que sugiere un campo boscoso a su espalda, además la princesa de Asturias luce una suerte de capa de seda rosa que enmarca y destaca su cuerpo que por entonces se mostraba rollizo pero sin exagerar, desde luego que los pintores de la época, y Jean Ranc no sería la excepción, omitieron adrede y de modo elegante las prominentes marcas de viruela que Bárbara lucía en su rostro y este detalle no menor contribuía a hacer que la apariencia pictórica de la dama fuese sin duda más agradable a la vista.

María Isabel, otra Braganza reina de España

Bárbara no sería la última reina consorte de España que proporcionaría la Casa real de Braganza, un sobrino nieto de Fernando y Bárbara acabaría por casarse con otra princesa perteneciente a la familia real de Portugal haciéndola también reina consorte de España; esta unión sería otra muestra patente de como la práctica de la endogamia no se limitó únicamente a los Habsburgo, de hecho los Borbones y los Braganza hicieron de la práctica del matrimonio consanguíneo entre sus miembros algo sin duda propio. Veinticinco años luego de la muerte de Fernando VI, nace un nieto de Carlos III, hermano menor de Fernando, y que habría también de ser coronado eventualmente como rey de España, de hecho este nieto, hijo mayor de Carlos IV, a su vez hijo primogénito de Carlos III y que ostentaría la dignidad de Príncipe de Asturias sería bautizado con el mismo nombre de su tío abuelo: Fernando.

El para entonces ya rey Fernando VII de Borbón, había enviudado de su primera esposa, la princesa María Antonia de Nápoles, la cual lo había dejado además sin hijos sobrevivientes, por lo que Fernando requería con urgencia una nueva esposa que le supliera del siempre imprescindible y necesario heredero, se sugiere entonces una candidata: María Isabel de Braganza y Borbón, de hecho se trató de la sobrina de Fernando, al ser la joven infanta de Portugal hija de Carlota Joaquina de Borbón, esposa del rey Juan VI de Braganza y hermana mayor de Fernando. María Isabel fue la tercera de los 9 hijos que la pareja real lusa traerían al mundo; la razón de ser de este matrimonio dinástico fue muy parecida a la que en su momento uniera a Bárbara de Braganza y a Fernando de Borbón, es decir, reforzar las relaciones entre España y Portugal. Para el momento del matrimonio la infanta María Isabel contaba 19 años de edad mientras su esposo ya tenía 32.

Lo primero que hay que destacar sobre la pareja conformada por Fernando y María Isabel es que el atractivo físico no fue algo que ambos compartieran, de hecho esta podría considerarse quizás una de las parejas reales físicamente menos atractivas de su tiempo, el rey español sin lugar a dudas no tuvo la gracia de nacer en una familia guapa, pero su esposa tampoco correría con mejor suerte; es claro que la familia de Carlos IV no se caracterizó por el atractivo de sus miembros y sus vástagos eran prueba viviente de eso, comenzando por el propio Fernando, la hermana mayor de Fernando, Carlota Joaquina y su esposo Juan de Braganza tampoco brillaron por ser precisamente agraciados, por lo que no fue de extrañar que su prole no resultara mejor en términos de belleza, sin embargo y sin ser nada parecida a un portento de la belleza, ciertamente María Isabel al lado de su marido y tío casi podría considerarse a sí misma una hermosura si bien no estaba ni cerca de serlo en el mejor de los casos.

María Isabel de Braganza y Borbón nació el 19 de mayo de 1797 en el Palacio Real de Queluz, en Portugal. Cuando María Isabel aún no había cumplido los diez años, sufrió la separación de sus padres cuyo matrimonio nunca se caracterizó porque hubiese amor en el mismo. Al igual que su pariente Bárbara de Braganza, María Isabel fue educada con esmero y recibió una exquisita formación artística. Cuando la familia real lusa tuvo que marchar al exilio en Brasil tras las invasiones napoleónicas de la península María Isabel permaneció junto a su madre, pues sus progenitores continuaron manteniendo vidas separadas.

En 1814, el rey Fernando VII, decidió volver a casarse y la elegida fue su sobrina, María Isabel de Braganza, ella y el rey se casarían inicialmente por poderes en Cádiz, mientras la ceremonia del enlace matrimonial con ambos presentes se celebró en la iglesia madrileña de San Francisco el Grande. Al poco tiempo del matrimonio la nueva reina de España cumple uno de sus principales deberes: embarazarse. Solo a 2 meses de consumarse su matrimonio María Isabel empezó a notar los síntomas de un primer embarazo. La reina daría a luz una niña, la infanta María Isabel Luisa, nacida el 21 de agosto de 1817, pero la alegría inicial duraría muy poco tiempo ya que la bebé no superó los cinco meses de vida.

Pese a la natural tristeza que la muerte de su hija traería a María Isabel, la reina dirige su atención entonces a su amor personal por el arte. La reina que era una gran aficionada al arte en una estancia en El Escorial visitó las obras de restauración del monasterio que había quedado dañado después de la guerra de la Independencia. En sus sótanos descubrió un gran número de obras de arte mal apiladas y pensó en exponerlas en el palacio de Riofrio. Los lienzos eran obras de grandes maestros italianos y españoles y que se habían trasladado allí desde el desaparecido Alcázar de Madrid. Otras eran pinturas expropiadas por los franceses que se habían almacenado en aquellos sótanos para ser trasladadas con posterioridad a París. El pintor Francisco de Goya cercano a la familia real propuso entonces a María Isabel que trasladara esas obras de nuevo a Madrid donde se podrían mantener mejor y podrían ser admiradas por un mayor número de personas. Se decidió que el mejor lugar para albergar aquella incipiente pinacoteca fue el Gabinete de Historia Natural, un edificio aún por terminar que había mandado construir Carlos III, abuelo de su esposo. Nacía así el Museo del Prado, gracias a la inquietud artística de la reina María Isabel de Braganza.

Pero seguía pendiente para María Isabel la asignatura de darle herederos al trono, la reina eventualmente volvió a quedar embarazada, pero este segundo embarazo se vivió con cierta preocupación por parte de los médicos. El parto se alargó, con complicaciones de alumbramiento que había venido precedido de un embarazo difícil. Las labores de parto fueron extremadamente laboriosas; en un momento dado la reina perdió el conocimiento sin recuperarlo y los médicos la creyeron muerta hasta que la reina sufrió una preeclampsia que las crónicas del momento denominaron una alferesía. Lo cierto es que horas antes de iniciarse el parto, la reina se había visto aquejada de unos fuertes dolores de cabeza, preludio del terrible desenlace. Al estar la reina en estado inconsciente pareció que incluso ella había dejado de respirar por lo que se la creyó muerta, los médicos se acercaron al rey para pedirle la autorización para practicarle a la reina una cesárea de emergencia con la esperanza de salvar al menos al feto en su seno, Fernando dio autorización sin embargo la hermana de María Isabel, María Francisca, cuñada de Fernando y presente como otros miembros de la familia real en la espera por el nacimiento del nuevo heredero del trono, insistió en esperar un poco más pues estaba segura que su hermana no había muerto, la infanta no se equivocaba. Cuando el médico empezó a cortar el vientre de la reina ésta dio un grito desgarrador, demostrando que efectivamente seguía con vida, más sin embargo y sin ninguna compasión por la parturienta, la cesárea no se detuvo, lograron extraer al bebé, otra niña que desgraciadamente moriría a los pocos minutos de su nacimiento, pero para entonces fue poco lo que los médicos pudieron hacer por la reina, para entonces María Isabel había muerto desangrada, tenía ella solamente veintiún años. La reina María Isabel no dio a la corona el ansiado heredero, y por ello no pudo ser enterrada en el Panteón de los reyes de El Escorial donde solo las reinas madres de reyes tenían derecho a ser inhumadas, en su lugar María Isabel de Braganza fue enterrada en el Panteón de Infantes de El Escorial.

El retrato

Maria Isabel de Portugal. Por Bernardo López Piquer. 1829

De la reina María Isabel se consiguen algunos retratos, pero sin dudas el mejor y más favorecedor (al menos en mi criterio) fue el firmado por el pintor de origen valenciano Bernardo López Piquer quién en 1829 retrató a la infortunada reina en quizás su más representativo retrato y el que celebra el mayor legado que esta reina de origen portugués dejara a su tierra de adopción, un retrato que hoy en día se exhibe precisamente en el producto de ese legado: El Museo del Prado. Con el título de “María Isabel de Braganza” el cuadro, hecho a modo de alegoría, muestra a una María Isabel posando ante la vista (a la distancia) del que sería a posteriori conocido como el Museo del Prado, obra que sería inaugura al año de la muerte de la reina que si bien no pudo llegar a verlo terminado fue la impulsora de su construcción y existencia. María Isabel luce un suntuoso vestido de brillante rojo escarlata y de textura aterciopelada ricamente bordado en oro y perlas con apliques abundantes de encajes que adornan el busto y las pequeñas mangas, su cabello castaño aparece arreglado en un estilo barroco muy propio de la época. Las facciones de María Isabel si bien son algo toscas mejoran bastante gracias al pincel de López Piquer. La pose de la reina denota el sentido del retrato, con una mano señala al museo por ella impulsado y con la otra los planos de esa obra que ella no pudo ver finalmente construida pero que probablemente proyectó en su imaginación como su más importante legado a España, además María Isabel se muestra en medio de una habitación regiamente decorada y que solo exalta la magnificencia de la figura de la joven reina. En comparación con otros retratos en este María Isabel de Braganza se la muestra mejor de lo que pudo lucir nunca.

La ilustración

Si bien pude elegir realizar las recreaciones de estas 3 soberanas por separado al final me decanté por la idea de mostrarlas juntas en un mismo espacio. Obviamente ninguna coincidió en vida en el mismo período de tiempo así que jamás se habrían podido conocer, pero de ellas vivir en esta época y de haber coincidido es este período de tiempo y de no necesariamente ostentar las mismas posiciones o rangos que tuvieron en sus épocas del pasado, quizás María Isabel, María Leopoldina y Bárbara habrían lucido como lo sugiere la subsiguiente ilustración.

Sin embargo antes de hablar sobre ella, quisiera aclarar algunos detalles relacionados, por lo general mis damas reales lucen en sus recreaciones del siglo XXI esbeltas, he intentado en todos los casos reflejarlas físicamente como fueron en el pasado y con ello quiero decir que si una determinada dama fue delgada en su época siga siéndolo en su recreación del siglo XXI, y si por el contrario se trató de una dama “generosa de carnes” en el pasado igual se mantuviera “curvilínea” en su yo del presente, sin embargo como no era precisamente la norma que las damas reales del pasado fuera obesas no es común que las recree de esa forma en mis ilustraciones, a menos claro que el caso lo amerite y de hecho ese fue el caso de una de las 3 damas reales que vamos a ver en la próxima ilustración: Bárbara de Braganza; además en el caso de María Isabel, a juzgar por sus retratos conocidos, ella tampoco fue lo que se calificaría de muy esbelta, más bien fue algo rellenita y quise que su yo del presente se mostraran de igual manera, solo María Leopoldina que fue delgada toda la vida se muestra así en su recreación. Dicho lo anterior ahora si hablemos de la ilustración.

Muestro a las 3 damas posando como para alguna fotografía, 2 de ellas aparecen de pie y una sentada, esta vez prescindo de atuendo de gala, y en su lugar las 3 lucen vestidos de coctel cortos pero, eso sí, contrastantes en todos los sentidos; se intentó que la composición no fuese enteramente simétrica pero si armoniosa.

Comencemos a desglosar a la primera dama a la izquierda, María Isabel, se muestra de pie en posición a ¾, ella luce un vestido de coctel el tono nude y trabajo de estampado-bordado floral en negro, escote corazón y falda asimétrica de volados, el largo desigual de la falda deja ver un par de piernas un tanto rollizas y cuyos pies calzan altísimas sandalias metalizadas en tono cobrizo, el escote corazón deja ver además brazos, hombros y cuello al descubierto. En el apartado de peluquería María Isabel luce un recogido con flequillo partido al medio y que enmarca su rostro, en cuanto a maquillaje quise que el mismo estuviese a tono con el atuendo y que el mismo destacara además de sus ojos castaños cejas mucho más pronunciadas que como se aprecian en el cuadro original de López Piquer, además la boca de peculiar forma de María Isabel se ve resaltada en un intenso tono carmesí, por lo demás a nivel de estructura del rostro este se mantiene sin mayores cambios. Finalmente en el apartado de joyería quise que María Isabel luciera joyas de diamantes que incluyen pendientes cortos, collar, brazalete y anillo.

Sentada al centro vemos a María Leopoldina, ella luce un vestido corto también en un intenso azul rey de fondo y sobre el cual se dispuso un profuso trabajo de estampado de temática vegetal en tonos azules diversos además de blanco, el vestido es de cuello redondeado alto y mangas a 3/4, María Leopoldina luce en sus pie stilettos en negro también muy altos y con aplicaciones a tono con el vestido. En cuanto al peinado el cabello liso de largo medio y de tono rubio rojizo aparece arreglado con un semi recogido alto cuyo flequillo cae sobre el rostro. En lo que a alhajas se refiere las joyas que luce María Leopoldina son de aguamarinas con diamantes y platino que se despliegan en pendientes largos, brazalete y anillo. Finalmente en el rubro de maquillaje labios rosa y trabajo de esfumado en ojos a juego con los tonos azules del traje y que ayudan a destacar los ojos claros de la joven María Leopoldina del siglo XXI.

Y finalmente tenemos a la derecha de la imagen a Bárbara, ella luce un vestido de color absolutamente contrastante con respecto a los de sus 2 compañeras de imagen, un vestido de drapeado ligero, caída recta, falda por debajo de las rodillas, mangas 3/4 y escote cruzado en V en un color borgoña intenso, el cual es complementado por un cinturón mediano en pedrería a tono con las sandalias de altura media que la dama calza. Bárbara luce el cabello en tono castaño claro totalmente suelto, partido hacia un lado y el cual le cae suavemente sobre el hombro derecho en muy suaves ondas; hablando del maquillaje Bárbara luce uno en tonos marrones que buscan y logran destacar los ojos claros de la dama, además sus cejas aparecen muy bien definidas y pronunciadas lo que ayuda adicionalmente a destacar la mirada, en cuanto a los labios estos lucen un tono rosa medio que los destaca sin ser demasiado contundentes, de nuevo la estructura básica del rostro de la dama se mantiene idéntica a la del cuadro original de Jean Ranc. En el apartado de joyería con Bárbara quise jugar con mis opciones y en lugar de centrarme en joyería con gemas opté por el oro labrado con pequeños toques de diamantes los cuales se aprecian en pendientes, brazalete y anillo, la pieza más significativa en las alhajas de Bárbara sin duda es el prominente collar de diseño vegetal en oro y que sin duda se destaca en su cuello.

Finalmente ubico a las 3 damas en un salón de decoración rica y barroca y contra el cual las mujeres se destacan de modo notable.

La intención con esta recreación fue mostrar como 3 mujeres que nunca fueron consideradas hermosas podrían lucir de vivir ahora, aplicando en ellas maquillaje, peluquería, además de atuendos actuales y como sin cambiar ni un detalle de sus rostros e incluso cuerpos sus apariencias experimentan un cambio total con respecto a sus efigies originales, en mi opinión creo que habrían lucido mucho más atractivas hoy que antes y serían muestra más que evidente de ese dicho que cité al comienzo del presente, definitivamente “No hay mujer FEA, sino mal arreglada”… 😉

Espero que hayan disfrutado del presente artículo y que se haya comprendido la intensión tras el mismo y el punto que quise exponer, un modo peculiar de apreciar ciertos aspectos interesantes dentro de la realeza del pasado y como ello contrastaría con y en el presente. Y bien sin mucho más que agregar, próximamente la segunda parte de esta serie especial, espero poder sorprender con la misma… ¡Hasta la próxima!…

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4 comentarios

  1. María Isabel de Portugal tuvo un final muy doloroso. Pobrecilla!!! Viendo los retratos de cada una, no me parece que hayan sido poco bonitas. No eran mujeres bellas pero feas, tampoco.

  2. Hola, hola. una vez más con tan buenos trabajos. Mientras espero el próximo trabajo me impaciento por la espera, pero al verlos entiendo que no es algo para hacer en un par de horas.
    A ver… el vestido que yo realmente llamaría de cocktel, es el de la reina María Isabel, o sea el primero, pero…. demasiado corto de adelante para alguien de piernas rollizas, de ser un poco mas a las rodillas, para mi gusto se vería mejor. El de Leopoldina me gusta de por si por el color, y aparentemente el largo es correcto. Y el de Bárbara, sería lo ideal, me gusta el color y el modelo, pero la tela no me dice nada, a diferencia de los otros trajes, creo (perdón por la insolencia) una tela un poco brillante o un bordado en el escote , algo que lo realzara.
    Pero como digo al principio , me gusta el trabajo.
    Y para no perder la costumbre (soy de Leo y por lo tanto fantasioso y algo pretencioso), no podrías incluir en tu carpeta de futuras reinas, a dos de mis favoritas; Sissi y la emperatriz Eugenia. Perdón si ya las has trabajado, de ser así, podrías agregar a Josefina de Francia y la Gran Catalina de Rusia. .(si me piensas arrojarme por la cabeza con algo, por favor que no sea una porcelana de la dinastía Ming (eso envíamelo por avión con todas las precausiones, ja, ja, ja. )

    • Estimado elparaiso como de costumbre un placer leerte nuevamente, agradezco tus comentarios y observaciones, entiendo tu punto con respecto a los atuendos elegidos para las 3 damas reales protagonistas de este artículo. Como sabes no suelo trabajar muy a menudo con atuendos de coctel o cortos, siempre suelo inclinarme más por los vestidos de gala, pero quise variar un poco e irme por algo menos pomposo en esta ocasión. Tu observación sobre el atuendo de María Isabel es acertado, solo luego que terminé la ilustración noté que quizás efectivamente debí trabajarla un poco más y bajar un poco la altura de la falda que en alguien con piernas evidentemente no muy delgadas no sería precisamente lo más favorecedor, pero bueno… luego pensé que quizás la María Isabel del siglo XXI podría ser como muchas chicas “curvilíneas” actuales que en estos días no tienen problemas en dejar ver sus piernas rollizas si el atuendo elegido lo sugiere… XD, o sea, NADA de complejos por la “carne extra” localizada, así que al final me puse en su lugar y me dije “¡QUE DIABLOS!”… jajajajaja…

      De los 3 atuendos a mi personalmente el que más me gustó fue el de Bárbara, no solo el color que de hecho es uno de mis predilectos sino en corte, considerando que se trata de un atuendo de coctel o semi formal el que aparentemente fuese de una tela no demasiado suntuosa no lo hace menos atractivo a mis ojos (quizás soy muy simplista con esto de las telas de la ropa, tal vez debería pedirle asesoría al amigo Octavius sobre telas y cortes, aunque creo que él se especializa más en moda masculina jejejeje), pero bueno, de las 3 damas mi favorita es definitivamente Bárbara (porque obviamente me encanta el vestido XD)

      Sobre tus sugerencias tanto a Sissi como a Eugenia ya se les dedicó sus respectivas recreaciones del siglo XXI, pero considerando que en el caso de Eugenia no quedé al 100% satisfecha con la ilustración que hice de ella en su momento, tal vez realizar una nueva donde tanto ella como Sissi compartan “pantalla” justificaría una versión 2.0 de Eugenia de Montijo… mmm… quizás… quizás… 😉 Con respecto a las otras 2 damas que mencionas también a Catalina la Grande ya se le dedicó su recreación del siglo XXI, pero no es el caso de Josefina, de hecho tengo tiempo sopesando la idea de recrearla en una ilustración de esta serie, así que ya la tengo anotada para un venidero proyecto. Y no debes preocuparte estimado amigo, yo sería incapaz de poner en riesgo algunos de mis invaluables jarrones Ming y menos para usarlos como misiles en tu contra, en su lugar me parece más divertido seguir tus sugerencias y complacerte con algunas de ellas… ;-D

      Gracias por comentar estimado amigo!….

      • Gracias Alix, por tu respuesta. Voy a tener que recorrer todas las publicaciones porque no recuerdo lo de Sissi y Eugenia y menos la de Catalina II

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